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LA MATERNIDAD
Paradojas de la maternidad

Las contradicciones y la doble moral son parte de los innumerables males que nos aquejan. La cultura pregona algunas «verdades» que no son más que declaraciones para ocultar intenciones e intereses reales de la sociedad. En el caso de la maternidad, son comunes gran cantidad de pensamientos y posturas que muestran a la madre como un ser «angelical» que vela alrededor de los hijos. De esta visión se derivan actitudes perjudiciales que han confundido a las mujeres en su labor como madres, pues por satisfacer las exigencias del medio, se han olvidado de su lugar y su verdadera vocación. A continuación quiero presentar algunos de estos conceptos contradictorios de nuestra cultura (también llamados paradojas*) alrededor de la maternidad:

1ra PARADOJA: «La gran Celebración»
Cada año, con motivo de la celebración del Día de la Madre, la sociedad de consumo utiliza hábilmente la idea de ensalzar y festejar por un día a la madre, símbolo de sacrificio y renuncia total a favor de los hijos durante toda su vida.

Lo paradójico es que los regalos para honrar a la madre son artículos no para su bienestar o desarrollo personal, sino para «servir mejor»: mejores planchas, lavadoras, aspiradoras y, por supuesto, ollas. Se reafirma así el rol social de «mamá amasa la masa»: la mujer al servicio de todos y de la casa.

Por otra parte, vemos en las propagandas de televisión madres que son mujeres jóvenes y casi siempre bellas, con hijos pequeños. No se ha querido reflexionar sobre la mujer anciana; sobre las mamás viejecitas que no son tomadas en cuenta y son marginadas en su propia casa; aquellas que han perdido la capacidad de participación en la vida del hogar. Muchas de estas mujeres sienten que son una carga para la familia, y no el aporte de sabiduría y experiencia que son en realidad.

2da PARADOJA: «Se educa a la mujer sobre la base de los miedos; sin embargo, no se le prepara para enfrentarlos»
Muchas mujeres experimentan miedos. Según Norma Ubaldi: «El miedo es una reacción aprendida que experimentan casi todos los seres humanos pero sobre todo las mujeres».

Todos estos miedos hacen que las mujeres tengamos menos iniciativa, seamos más cautelosas, más recelosas de cualquier cambio, y más apegadas a las normas para reducir las posibilidades de pérdida.

Lo positivo de descubrir en nosotras todos estos miedos es encontrar que fueron «instalados» y no naturales. Fueron miedos que nos enseñaron, pero que hoy con la ayuda de Dios podemos entender y hacer desaparecer.

Esta búsqueda requiere tiempo y espacio de diálogo consigo misma y con otras mujeres, a fin de dejar de lado la disponibilidad absoluta para otros y hacer que la prioridad (en el buen sentido) seamos nosotras mismas. Al buscar contacto con esos sentimientos y sueños de los que nos han enajenado, podremos convertirnos por fin en autoras y transformadoras de nuestra propia historia.

Tenemos un hermoso desafío: encontrar el camino de libertad de la mano de Dios, vencer los temores, rescatar nuestras capacidades y cualidades, tomar conciencia de nuestras habilidades, recobrar nuestra fuerza y creatividad. Paradójicamente, el único miedo que no se le permite a la mujer es el de la maternidad y el alumbramiento en una cultura donde ser madre tiene exigencias inalcanzables.

3ra PARADOJA: «Se dice que la maternidad es un instinto, cuando las mujeres han sido entrenadas para tal función»
Uno de los mitos más comunes es pensar que las mujeres deben estar siempre dispuestas a ser madres porque, desde niña, toda mujer es «madre en potencia» y, por instinto, inclinada a la maternidad. Sin embargo, el «instinto» es una categoría que la ciencia ha relegado a lo meramente animal.

El instinto en los animales es un estímulo interior que determina sus impulsos. En el hombre y la mujer estos impulsos están determinados por la reflexión y la toma de decisiones, particularidades que nos distinguen como hijos/as de Dios. No obstante, se sigue hablando de «instinto maternal» como si la mujer careciera de la racionalidad del ser humano.

El «rol materno» le es enseñado a la mujer desde niña. Las muñecas, los utensilios de cocina a pequeña escala, los juegos de tocador, ropa, adornos, ositos, perritos... van moldeando sutilmente la psique infantil de la niña, de acuerdo al rol esposa-madre que se esperará de ella en el futuro.

En las clases pobres o rurales, las niñas ni siquiera gozan de estos juegos, pues la necesidad las obliga a asumir esas tareas como adulta: preparación de comida, limpieza de la casa y cuidado de los hermanitos pequeños. Se les impone una maternidad precoz, antes de haber adquirido la madurez necesaria.

Los roles femeninos y masculinos fueron rígidamente diferenciados: mientras a los varones se les dejó recrearse libremente y esforzarse en los estudios, las niñas aprendieron en sus juegos o en las tareas hogareñas que estas y el cuidado de los pequeños son obligaciones específicas de la mujer.

El Dr. César Martínez opina lo siguiente: «...Además pienso que si el instinto maternal existe, existe también en los padres, pero estos, lamentablemente, se mantienen al margen cuando en realidad deberían cumplir un rol mucho más protagónico»

4ta PARADOJA: «Se cree que los hijos son la máxima realización de una madre, pero no se le brinda la ayuda necesaria para criarlos».
La madre es la responsable de la crianza y educación de los hijos. Con este mito, el hombre y la sociedad en general omiten sus responsabilidades frente a los niños, transfiriéndolas totalmente a la mujer.

Frente a la madre, la sociedad presenta una doble conducta: por un lado, la alaba y enaltece, por otro, la desprecia y margina. Basta leer los avisos de: «se necesita empleada, sin hijos» o «se necesita secretaria de buena presencia y soltera». Miles de madres en Latinoamérica son analfabetas o tienen un bajo índice de escolaridad porque sacrificaron su educación por la formación de sus hijos, y ahora la sociedad las margina laboralmente por esa misma razón. Es injusto, pues, pedirles a esas madres que den lo que a ellas les ha sido negado.

Muchas veces se ha pensado que la maternidad es el estado «natural y normal» de la mujer; su destino y realización única. Por mucho tiempo se consideró que la mujer era sólo «útero», desestimando su derecho a desarrollar su potencial humano. Es tan importante tener hijos como decidir no tenerlos. A la mujer soltera y sin hijos aún hoy se le dice «solterona», término despreciativo y mordaz con el que se la califica de envidiosa, amargada e irascible. Si no somos madres, se nos hace sentir incompletas. Por mucho tiempo se nos atribuyó una gran condenación debido a un pasaje que se ha usado fuera de todo contexto, con una mala exégesis. Es el texto de 1 Timoteo 2.15 «la mujer se salvará teniendo hijos...» Bien sabemos que un pasaje no puede contradecir la verdad global de la Escritura.

En nombre de la maternidad se ha encerrado a la mujer en un mundo circunscrito a la cocina y el ambiente doméstico, y se le ha pedido postergar cualquier otro anhelo, oficio, carrera o sueño que hubiera podido desarrollar. Sobre esta misma base se le han negado oportunidades educativas, laborales, políticas y culturales. Ante esta situación, las nuevas generaciones están escogiendo no tener hijos. Veamos algunos comentarios:

    • «Si ser madre implica no poder realizarme como doctora, entonces no tendré hijos». (Paula, 18 años)
    • «Me encantaría ser mamá, pero nunca podría ser lo abnegada que debería... así que no tendré hijos». (Lorena, 24 años)
    • «Yo quiero una esposa y compañera, no alguien que corra el riesgo de dejar de ser mujer para convertirse en madre. Espero no tener chiquitos y chinear (consentir) sobrinos o comprar una mascota». (Alberto, 21 años)

Se tiene miedo de que el hijo llegue a estorbar, a impedir una serie de proyectos, a actuar contra los objetivos de vida por lo que han visto en sus casas: el cuidado y educación de los/las hijas es obligación de la madre y no de la pareja o la sociedad.

El Dr. Martínez vuelve a comentar: «La culpabilidad producida por la contradicción no resuelta entre la imagen de buena madre y el hecho de no poder serlo, es la que desencadena el acto de abandono por parte de la madre». Hay madres que dejan a sus hijos porque no pueden ser lo que se les exige, sin comprender que en las situaciones sociales en que están inmersas no pueden serlo, ni deberían tener que sufrir el modelo actual de la maternidad.

5ta PARADOJA: «La madre poderosa es la dueña de los hijos y no un ser humano que colabora en su crecimiento hacia la madurez e independencia»
A través del tiempo los hijos han sido deseados por diversos motivos: como fuerza de trabajo, seguro de vida para la vejez, sostén de la estructura autoritaria en la familia, medio para consolidar la pareja y otras cosas más. Esta gama de posibilidades traduce objetivos muy diversos: conformismo, egoísmo, curiosidad, chantaje, ambiciones frustradas, miedo a la soledad. Rara vez los hijos son considerados como seres autónomos.

Un hijo puede representar también el deseo de seguir las exigencias de la sociedad: hay que procrear porque es signo de «buen funcionamiento» de la familia.

Tener un hijo y acompañar su crecimiento es un proceso profundamente creativo, enriquecedor y renovador. Ellos tienen individualidad, gustos propios, y vocación particular. El Espíritu de Dios actúa en ellos en forma personal, tienen libertad para escoger y pensar de manera diferente a sus progenitores, sobre todo a su madre, con quien se ha considerado tienen una deuda insaldable por lo que ella sacrificó en su beneficio.

ALGUNAS CARACTERISTICAS DE ESTA «MADRE PODEROSA» SEGÚN LA CULTURA SON:

La madre poderosa es asexual
La idea de la sexualidad de la mujer está en conflicto con su papel de madre. Por una parte, se idealiza la maternidad y, sin embargo, socialmente ser mujer implica sensualidad (sensual y sexual riñen con el rol de madre). Al considerar la sexualidad y la maternidad al mismo tiempo, la mujer experimenta emociones contradictorias que la llevan a esconder la primera.

La mentira más grande sobre la femineidad y la sexualidad es que no se puede hablar de ellas, menos aún en función del placer, solamente en función de la reproducción.

La madre poderosa es idealizada
Las religiones antiguas han idealizado la maternidad y han rendido culto a la madre y al niño. María como mediadora y la mitología griega, donde la madre se convierte en esposa del hijo, son ejemplos de la supremacía que esta figura tiene en nuestra cultura.

La idealización de la maternidad llega a tal punto que madre y esposa rivalizan como iguales por el amor y la atención del varón. La idealización de la madre no nos permite sentir enojo o rabia contra ella. Escondemos entonces tales sentimientos y, más adelante, se lo cobramos a alguien más.

Sabemos, pero al mismo tiempo escondemos, que en nuestra madre hay rasgos que nos desagradan o que nos hicieron daño. No nos corresponde juzgarla, pero debemos llegar a una conclusión caracterizada por la madurez: «Hay algunas cosas de mi madre que no me gustan o que no comprendo y, sin sentir culpa alguna, no tengo por qué aprobarlas o compartirlas. Somos personas diferentes y aun así nos seguimos amando, perdonando y respetando».

La madre poderosa es victimizada
La resignación y el sacrificio son «virtudes» de una madre. Ella todo lo acepta, soporta y perdona en bien de sus hijos. Es por demás dudoso que la resignación y la abnegación sean «virtudes» en la mujer. Es cierto que ser madre requiere de una buena dosis de sacrificio voluntario y amoroso, pero no la imposición de conductas y actitudes que la desdibujen como ser autónomo y responsable de su propia vida.

Esta resignación y negación de sí misma no son cualidades positivas, sino la manera disfrazada de obligar a la mujer a cargar con responsabilidades que no son del todo suyas. El mito de la madre «naturalmente abnegada» es una de las armas más hábilmente manejadas para lograr la conformidad de la mujer a su rol materno y apartarla de la posibilidad de desarrollarse como persona.

El discurso religioso acentuando la imagen de devoción y sacrificio que caracterizan a la «buena madre» a través de vírgenes, santas e imágenes femeninas dolientes son parte de los muchos mitos existentes. Es necesario desmitificar esta figura, y la tarea le corresponde especialmente a las mujeres cristianas que tienen una nueva dignidad en el Señor.

A manera de conclusión podríamos decir que la maternidad o el ser mujer no tiene que ser sinónimo de opresión, frustración, renuncia a las posibilidades y al derecho que todo ser humano -sea hombre o mujer- tiene de realizarse, de ser feliz, y de participar en todos los ámbitos de la vida.

El cambio de nuestra sociedad requiere de mujeres y hombres con una nueva mentalidad que, en igualdad plena, trabajen para construir un mundo más humano y acorde a los principios bíblicos. Pero esto no se puede quedar sólo en ideas, es necesario llevarlo a la práctica y con urgencia.

Algunos caminos hacia esta meta serían, en primer lugar, la aceptación y puesta en práctica de que la responsabilidad de los hijos y del hogar es tarea compartida de la pareja, y todos los miembros de la familia deben participar.

También, es preciso entender la maternidad como un maravilloso enriquecimiento que trasciende el embarazo y el alumbramiento, para iniciar una relación que abre paso a la extraordinaria aventura de la humanización de un nuevo ser y de la sociedad. Tales metas podrán lograrse sólo cuando:

La mujer pueda gozar de una realización plena en su calidad de ser humano.

    • La maternidad sea compartida con el marido, con la familia y con la sociedad.
    • Existan condiciones adecuadas de vida que le permitan a la mujer ofrecer a sus hijos -y a sí misma- oportunidades para un desarrollo integral.
    • La maternidad, por íntimo que sea el vínculo y la relación entre madre e hijos, sea también una relación abierta al mundo entero, que abrace a la naturaleza y a las iniciativas que promueven la comunicación entre seres humanos.

Esta es tarea y compromiso de todos y cada uno de nosotros, tanto mujeres como hombres.

La elección de la maternidad debe ser libre y consciente. No puede seguir siendo un accidente en la vida de una mujer, ni tampoco la justificación de su vida o el paliativo contra la soledad.

En este proceso sería de gran ayuda ver a la sociedad como ente maternizador. Sociedades y culturas desarrolladas han entendido que los hijos son, en primera instancia, de Dios y de la sociedad. El cuidado, la atención y el amor hacia los niños no deben exigirse sólo a la madre, sino también al padre y a toda la comunidad. Eso no significa que la madre ame menos a su hijo.

Hay que tener en cuenta que la maternidad es un hecho social y no privado. En general se deja a las mujeres la responsabilidad de la crianza sin darles ningún tipo de ayuda o subvención; en Latinoamérica el 75% del cuidado y la educación de los hijos está en manos de mujeres. La sociedad se desentiende totalmente aunque, una vez que el niño es adulto, es la que se beneficia.

Cabe destacar que el condicionamiento biológico de la mujer no implica que todo recaiga sobre ella. Es necesario que la sociedad también haga su aporte, y que el padre y la madre participen por igual. Los padres deben involucrarse profundamente en la crianza de los hijos.

En realidad toda la sociedad debería tener un rol materno de amor, respeto y protección a la infancia. Así, la maternidad dejaría de ser el destino de la mujer para convertirse en una opción madura que dé tanto a mujeres como a hombres la posibilidad de crecer como personas, transmitir vida plena, y reconstruir nuestra sociedad.

Es preciso entonces reorganizar la cotidianeidad, trabajar con ahínco en la formación de nuevos patrones y renovar nuestro entendimiento. ¡Que Dios nos ilumine en esta maravillosa labor!

*PARADOJA: idea extraña u opuesta a la opinión común. Expresión o enseñanza que se dá por oposición.

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