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VIOLENCIO DOMESTICA
Secretos bien guardados: La violencia doméstica

La violencia doméstica es una problemática social y moral por la que la iglesia está obligada a responder proféticamente: 1) con la denuncia de este terrible secreto y 2) con la creación de una plan de intervención —que sea bíblico, produzca vida y sanidad— para ayudar a esas familias, especialmente a las que están en el seno de la comunidad de fe.

«Doctorcita, no sé qué hacer. Ya no soporto más los golpes de mi marido. No tengo trabajo, tengo cinco hijos pequeños y nunca pude terminar la secundaria. ¿Qué hago? Mi esposo dice que si lo dejo, nos va a buscar y nos matará a todos...» me decía Ana Lía.

«Hace más de diez años, tuve que dejar a mi esposo por insistencia de mis hijos. Ellos no toleraban más que él me golpeara. Les pegaba a ellos también. No quería hacerlo porque la Biblia dice que no debemos divorciarnos, pero mis hijos me insistieron, y al final, lo hice. Desde entonces, la iglesia en que me congrego nunca más me permitió mi contribución en ninguna actividad. No puedo siquiera participar en las reuniones de oración porque tomé esa decisión en el pasado...» Julieta, lloraba sin consuelo.

«Hermana, tengo un doctorado de los Estados Unidos. Mi esposo es un juez muy conocido y tengo una hija de cuatro años. Desde que ella nació empezó a golpearme. Le toleré la primera vez porque pensé que era algo pasajero, pero ahora ocurre con más frecuencia. Voy por el quinto mes de embarazo de nuestro segundo hijo. No lo quiero dejar porque lo amo, pero no tolero la violencia. Además, tengo que pensar en la salud de mi bebé. Hace dos días me golpeó otra vez, y me escondí aquí: ¿qué hago?» me preguntó Heloísa.

«Le abrí a mí amado, pero ya no estaba allí. Se había marchado y tras su voz se fue mi alma. Lo busqué y no lo hallé. Lo llamé y no me respondió. Me encontraron los centinelas mientras rondaban la ciudad; los que vigilan las murallas me hirieron, me golpearon; ¡me despojaron de mi manto!» Cantares 5. 6-7

Desde los días de Salomón y la sulamita hasta hoy, lamento afirmar que se ha cambiado muy poco en favor de la condición de la mujer. Todavía se encuentra en doble vínculo: cualquiera que sea la actitud que asuma, siempre será «la culpable» del resultado.

Triste es decir que en nuestros días las mujeres siguen siendo víctimas de la violencia social, económica y doméstica. Siguen atrapadas en sus hogares por el silencio, esa equivocada noción de que si guardan el secreto, un día el marido cambiará y podrán vivir en paz.

Creo que como cristianos y cristianas, nos toca romper el silencio. La iglesia debe ser la primera en levantar su voz profética y denunciar el terrible secreto de la violencia doméstica, empezando con lo que pasa en su propia casa. Además, debe acompañar a las personas involucradas en tales situaciones para que puedan encontrar soluciones sanas, saludables y bíblicas a sus conflictos, incluyendo nuevas formas de comunicación familiar. Recientemente salió una investigación del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) donde afirma que en 1997:

«El costo de la violencia en América Latina representó 14,15% del Producto Interno Bruto (PIB) de los países en la región.» El estudio estima que entre 30% a 40% de las mujeres latinoamericanas han sufrido algún tipo de violencia intrafamiliar. Una de cada cinco mujeres falta al trabajo por haber sufrido agresión física en sus casas. Los números por países también asustan: en Chile, 60% de las mujeres que viven en pareja; en Colombia, 20%; en el Ecuador, 60% de las mujeres que viven en barrios pobres; en Argentina, 37%; en Nicaragua, 32% de las mujeres entre l6 a 49 años. En los Estados Unidos, donde una mujer es agredida cada 15 segundos, la tercera parte de las mujeres internadas de emergencia en los hospitales ha sido víctima de violencia en sus hogares. De los hombres que agreden a sus parejas, 47 % lo repite por lo menos tres veces al año. En Brasil, 66,3% de los homicidios contra mujeres en 1995 y 1996 fue por violencia intrafamiliar.

Después de las mujeres los niños son las principales víctimas de la agresión intrafamiliar. Más de la mitad de los hombres que agreden a sus mujeres abusa también físicamente de sus hijos. «La experiencia nos ha mostrado que la mayor parte de los niños que viven en la calle dejaron su hogar a causa de la violencia familiar». (ALC, 24 de julio, 1998)

Los números son alarmantes, y no debemos pensar que estas cosas pasan solamente en los hogares no cristianos. Muchas mujeres que sufren violencia doméstica están en las iglesias todos los domingos, algunos agresores hasta tienen puestos de liderazgo en sus congregaciones. La violencia doméstica es de los secretos más bien guardados.

La violencia doméstica puede ser física, emocional, psicológica o verbal. Es difícil escoger cuál es la más dañina. Lo cierto es que no es la voluntad de Dios que exista cualquier tipo de violencia en el hogar.

Factores que perpetúan la violencia doméstica

1. La conducta aprendida
Las familias repiten sus patrones de conducta. Uno aprende a «ser familia» en el hogar donde se crió. Los modelos incorporados de familia son muy fuertes. Un colega, Joe Dallas, dice: «Nunca debemos subestimar el poder de lo conocido», de las formas conocidas de comportarse. Si tenemos modelos sanos de familia, podremos reproducirlos. Si tenemos modelos disfuncionales, enfermos y dañinos de interacción, también los reproduciremos, por más que digamos que no.

Esto no significa que tenemos que vivir atrapados en estos patrones. Somos responsables de nuestros comportamientos y de nuestros hechos. Aunque lo aprendimos de nuestros padres, tenemos el poder, la posibilidad y el deber de cambiar.

2. La presión de la cultura
Otro factor que contribuye a la violencia doméstica es la presión de la cultura, de la familia y de sus mitos. Tenemos dichos populares en distintos países que surgen para explicar lo de la violencia:

  • «Mal con él; peor sin él.» Brasil
  • «Marido es; aunque pegue, aunque mate, marido es.» Ecuador
  • «Más me pegas, más me amas.» Perú
  • «Es tu cruz...» en toda América Latina

La insinuación es que la mujer no puede vivir sin el hombre y además, tiene que soportar lo que sea para mantener la ilusión del hogar tradicional.

3. La ilusión de dar un hogar tradicional a los hijos
Muchas mujeres dicen que toleran la violencia por causa de los hijos; piensan que es mejor darles un hogar con violencia que tener un hogar «deshecho». El problema con esa lógica es que la mujer se hace cómplice de la violencia: permite que siga la conducta del marido sin romper el ciclo, y no protege a sus hijos de la violencia. Muchos adultos me confiesan su resentimiento con sus madres por no haberles sacado de la violencia, por haberlos expuesto, día tras día, a escenas dañinas. También sirve de excusa para no cambiar: la alternativa —separarse del marido— es tan aterradora por ser desconocida que se sienten mejor «con el malo conocido».

4. Vergüenza
La vergüenza es uno de los sentimientos más comunes entre las personas involucradas en situaciones de violencia. Tienen vergüenza de lo que les pasa, sienten culpabilidad, y no creen que alguien las pueda entender. Hay personas que creen que la violencia es normal en la familia, ya que nunca conocieron otra forma de relacionarse en pareja. Otras no saben a quien acudir, y romper el secreto de la familia significa tener que ir en contra de la lealtad familiar («la ropa sucia se lava en casa»).

5. Creencias religiosas
La iglesia no siempre ha sabido responder con sabiduría, con respecto a la violencia. No tiene un plan de intervención para ayudar a esas familias. Decir a la mujer que tiene que soportarlo no es una buena solución. Amenazarla de disciplina o expulsión de la iglesia si se separa tampoco lo resuelve. Hay que encontrar una forma de ayudar.

Quizás uno de los problemas más impresionantes en la relación de la violencia y la iglesia es el cúmulo de enseñanzas distorsionadas que obligan a la esposa a que siga con un esposo agresor. Yo no tengo duda que el Señor odia el divorcio, pero sabemos que nuestro Dios usó esta figura para describir su relación con Israel

¿Qué hacer?

1. Romper el secreto y pedir ayuda
Mientras no rompa el secreto, no pasa nada, nada cambia. Romper el secreto trae luz a la situación, posibilita la ayuda, permite que la sanidad de Dios empiece a trabajar en la vida de cada uno.

2. La separación terapéutica
La próxima medida general, lamentablemente, es la separación que no significa divorcio. Creo mucho en «separaciones terapéuticas» donde la pareja se separa y hay una mediación y un proceso de sanidad para ambos, inicialmente cada uno por su lado, hasta que estén listos para trabajar los términos de su posible regreso a la convivencia. Como la sanidad suele tener un costo emocional alto, no todos están dispuestos a pagar el precio del rescate de la relación matrimonial, por esto hay un alto índice de divorcios.

a. Algunos propósitos para la separación terapéutica:

  • Para la protección física de todos. No deben saber donde, para evitar que sigan conectándose por formas violentas.
  • Para romper el ciclo de la violencia. Hay que aprender nuevas formas de relacionarse y comunicarse. Si siguen juntos bajo el mismo techo, muchas veces siguen con los mismos vicios de relación.
  • Para subrayar que realmente hay un problema. Al estar el esposo separado, tiene más motivación para arreglar la relación debido a la incomodidad que pase donde esté.

b. Algunas tareas para cumplir en la separación terapéutica

1) Reconocimiento real y profundo por ambos de que hay un problema serio. No se debe permitir que minimicen la seriedad del problema: «Ah, doctorcita, todo esto sólo porque me quejé de que ella había quemado los frijoles...?», «Fueron apenas unos moretoncitos...». Personas involucradas en situaciones de violencia suelen estar en estado de negación, es decir, no reconocen la gravedad del problema. Hay que romper el estado de negación en que están viviendo. Este estado les ha servido de «estrategia de sobrevivencia».

2) Entrar en contacto con la enormidad de lo que han vivido. En cierto sentido, las cosas van a «empeorar» antes que mejorar. El veneno de años de abuso tiene que salir —no hacia el otro, porque esto no sería constructivo. Más tarde en el proceso de restauración podrán compartir y renegociar su relación, pero inicialmente, tienen que «vomitar» todo lo horrible que han vivido juntos y desde su infancia.

3) Arrepentirse de su conducta. Corresponde a ambos, por la violencia y por haberlo permitido por tanto tiempo sin buscar ayuda. El agresor también es víctima de su pasado, sus huellas, sus aprendizajes. Pero no hay que seguir en el papel de víctima, ni el uno ni el otro. Arrepentirse y asumir la responsabilidad que le toca, en lo que pasó y referente a lo que vendrá.

4) Sanar las heridas pasadas de cada uno. El pasado ha dejado huellas. Con la ayuda de Dios, hay que sanar las heridas, aprender límites sanos y saber decir no sin violencia y sin dejarse invadir. Es necesario tomar medidas reales que sirvan para ayudar a discernir lo que es conducta aceptable y lo que no lo es. Tienen que descubrir experiencias dolorosas en la infancia y en la adolescencia que nunca fueron atendidas, aprender a manejar las emociones y los sentimientos de maneras sanas, expresándolas de forma apropiada.

Es un tiempo en que cada uno debe crecer en su autoestima. Somos de infinito valor para Dios. Por esto, es importante que tengamos una mayor autoestima: debemos proteger lo que Dios hace en nuestras vidas, saber quiénes somos para el Señor, y valorar a quien Dios ha valorado de esa forma.

5) Cuidar a los hijos. Estos hijos han sufrido y han visto lo que jamás deberían haber visto. A los papás les tocará pedirles perdón, y producir fruto de arrepentimiento. Deben cambiar su conducta, para corregir los patrones viciados y para que las nuevas conductas sean enseñadas por palabra y acción. Deben asegurarse de que las heridas grabadas en la vida de los hijos también reciban sanidad.

6) Buscar ayuda con otras personas.2 Hay grupos de apoyo mutuo en los cuales se pueden involucrar, hay tanto para el agresor como para el agredido. Quizás la iglesia sería un buen lugar para ofrecer este espacio para que las personas puedan compartir, crecer y salir adelante, de preferencia con ha ayuda del Señor. Es cierto que «la iglesia que rasca donde pica ha de crecer». Conozco centros de refugio donde los maridos han ido a buscar ayuda para su conducta violenta.

La verdad es que nadie cambia a nadie. Cada uno puede cambiarse solamente a sí mismo, a nadie más. No podré cambiar a mi esposo; no podré cambiar a mi esposa. Cuando uno de los dos no quiere cambiar no resta mucha esperanza para el matrimonio. Dios puede hacer los milagros, pero prefiero ver el fruto de milagros de hecho, y no de milagros «de fe». El riesgo de lo que está en juego es demasiado grande.

Tenemos que aprender que es mejor tener una persona divorciada que una muerta. Y el divorcio no es un pecado sin perdón. La vida no termina con el divorcio aunque así parezca a veces. Como dice David Hormachea, el divorcio es el «privilegio» que Dios ofrece para situaciones insostenibles. Es el remedio para una situación enferma. Es mejor el divorcio que la violencia. Es mejor la vida, la paz, que la violencia o la muerte.

¿Qué pasó?

Ana Lía se quedó con el esposo muchos años, aunque le dejó más de cinco veces. Finalmente pudo hacerlo en definitivo, y encontró una casa de refugio que le ayudó a cuidar a sus hijos pequeños. También le dieron una preparación corta para conseguir trabajo. Estuvo maravillada al regresar a la casa de refugio un día y compartir con sus compañeras: «No creía que fuera posible conseguir empleo, pero hoy salí en respuesta a una oferta de trabajo que pide los servicios de una lavandera. ¡Conseguí el puesto! Tuve miedo, ¡pero lo logré!. Quiero agradecerle a todas, pues me ayudaron, y a Dios que me abrió la puerta».

Julieta sigue en la misma iglesia, callada. No puede cambiar de congregación porque donde vive es un pueblo muy chico. No quiere dejar de ir a la iglesia porque es la casa de Dios. Ha podido entregar su situación a Dios y esperar que él pueda hacer algo por ella. Hizo algunos intentos de explicar al pastor su situación, pero no hubo cambio.

Heloisa regresó con su esposo, pero empezó a preparar su salida luego de nacer el bebé. Un día logró recuperar sus documentos. Llamó a sus papás en el extranjero y le ayudaron con los boletos para ella y los dos hijos. Pudo escaparse repentinamente un día, mientras el esposo trabajaba. «¿Sabe lo que se me quedó en la cabeza, doctorcita? Es que usted me decía que él no iba a cambiar solo, aunque hiciera todo bien ¡o aunque fuera perfecta! Fue cierto: me pedía perdón, decía que esto nunca volvería a pasar, pero pasó otras veces. Logré escaparme y ahora estamos conversando cómo haremos para que él pueda visitar a los hijos.»

Este artículo ha sido tomado y adaptado del libro Familia en crisis de Esly Carvalho, IINDEF. Usado con permiso. La autora es psicóloga, de nacionalidad brasileña, con larga experiencia como terapeuta en psicodrama y capacitadora en esta modalidad de consejería familiar. Ha vivido y trabajado en Brasil, Bolivia, los Estados Unidos de América y Ecuador. Es coordinadora de Exodus Latinoamérica, además de mantener su práctica privada.

Idea básica de este artículo

La violencia doméstica es una problemática social y moral por la que la iglesia está obligada a responder proféticamente: (1) con la denuncia de este terrible secreto y (2) con la creación de un plan de intervención —que sea bíblico, produzca vida y sanidad— para ayudar a esas familias, especialmente a las que están en el seno de la comunidad de fe.

Preguntas para pensar y dialogar

  • ¿Cuál debe ser la tarea de la iglesia en cuanto a la violencia doméstica?
  • ¿Cuáles tipos de violencia conoce usted? ¿Es el caso de alguien cercano?
  • ¿Cómo piensa y actúa generalmente la víctima? ¿Y el victimario?
  • ¿Cuáles son los factores de la violencia doméstica que menciona la autora?
  • ¿Cuáles son las posibles soluciones para un caso de violencia familiar?
  • En cuanto a los casos conocidos ¿de qué forma concreta puede usted intervenir y ayudar?
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